¿Qué se puede enseñar y qué no en poesía? Si caemos en el fetichismo y el misterio, la respuesta sería: nada o muy poco. Como si esa cosa alada, liviana y sagrada —según el famoso dictum platónico— se resistiera a todos los abordajes formales y estéticos que complementarían la propia experiencia. O, por el contrario, y más escépticamente, como si el único entrenamiento posible fuera comparable a una gimnasia en la que el atleta, en vez de ejercitar sus músculos, trabajara día y noche en la modulación rigurosa —y a veces anabólica— de metros y acentos.
Menos categórico el poeta Kenneth Koch —que enseñó durante mucho tiempo poesía a niños en escuelas primarias— nos dice que esta educación es posible, ya que el lenguaje poético es una especie de música que posee características y variantes propias, como una segunda naturaleza dentro de la lengua. No importa por dónde se empiece, sino la cantera imaginaria y verbal que este reconocimiento acarrea en cada nuevo oficiante y lector. El motivo es el poema, por lo tanto, toma el adagio de Stevens no en un sentido pastoral, sino en un sentido amplio y figurado: el poema no como un fin en sí mismo, sino como una circunstancia que rebasa todo finalismo elemental; un brindis o banquete en el que el plato principal son las imágenes proporcionadas por algunos poetas conocidos y por otros convidados que también traen sus caprichosas y no menos suculentas recetas. Si el poema por otra parte es un objeto tan impreciso e inestable como cualquier otro, que cambia según las épocas y los escribas, detectar su voz, brindar los medios para que esa emisión única se materialice en de éste o aquel texto; acompañar esa búsqueda sin intervenir —o suscitando una serie de intervenciones que ramifican, inesperadamente, la salida— fueron algunas de las tareas que estuvieron a nuestro cargo. Ciertamente es un privilegio participar de un conocimiento tan preciso e inaudito como éste, donde todas las verdades son transitorias y están hechas básicamente de palabras, pero también —cómo no reconocerlo— de tiempo y de deseos.
Al leer el material aquí reunido, nos complace comprobar la diversidad de propuestas y estilos que se enlazan o discuten fervientemente y que son, en parte, el resultado del mismo clima entusiasta de descubrimiento y provocación vivido en cada uno de nuestros encuentros. Nunca estuvo en nosotros la intención escolástica de divulgar un orden formal basado en nuestras irrelevantes preferencias, sino el cuidado por compartir las búsquedas individuales y los problemas que surgían de la lectura atenta y la observación de los textos que aportaban los participantes en cada taller. La elección de los poetas estudiados en clase se vio guiada por esa curiosidad impertinente e insaciable que según Wilcock es opuesta a la erudición y consiste en "olvidar, después de haberlos leído, una cantidad casi infinita de libros." En este ejercicio, imaginamos, se encuentra la clave que abre —por espejamiento o negación— una escena de escritura personal que de otro modo permanecería arrumbada en el closet.
Y si bien desde un principio hicimos hincapié en la calidad formal de los textos, en ningún momento nos quedamos en el mero resultado ni promovimos la cosa áurea y petrificada, sino un punto de inflexión que desencadenara otros hallazgos. En este sentido, el material aquí publicado no persigue otro fin que destacar esa luz inestable y sin embargo intensa que suelen ser los poemas —acaso la única conquista— y no la tranquilidad que puede darnos su hipotética realización.
Más que en el misterio de la poesía, tan ilimitado acaso como el universo, preferimos concentrarnos en el misterio de estos textos. Trabajo solitario, sin lugar a dudas, el de escribir, pero también abierto a la mirada de los otros, que organiza y ensancha nuestras posibilidades.
Osvaldo Bossi ____________Walter Cassara