jueves, diciembre 23, 2004

Daniela Camozzi: En el mundo de dax y gilgamesh

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Salgo de nuevo a la calle
tratando de imitar el desparpajo
de quien va al mercado
con su lista de quehaceres.
Elijo la ropa y el andar precisos
del que gana la ciudad
como si nada.

Apenas unos pocos jazmines
y un puñado de cerezas frescas.


Otra vez creo haberlos engañado
copiando sus gestos
intercambiando señas y miradas
que maravillosos me corresponden.

Digo jazmín y aparecen flores blancas.
Digo cerezas y me dan el fruto rojo.


No lo comprendo, pero siempre pasa.
Sólo resta esperar la mañana
y ver si el ritual, otra vez, comienza
como hoy, inexplicablemente.



Te asusta su llanto
después del orgasmo
te burlás del baile torpe
de la voz desafinada
que a veces sale
del escondite
copiando a la que quiso
ser y no es.

Te reís cuando se quita
la túnica negra
y con su vestido nuevo
envuelta en organzas
crispadas, brillantes
baila igual
y canta y llora sin remedio.



Con cualquier excusa
busco
la posibilidad
de la armonía.
No el déspota que
simulando un ritmo
exija la unidad.
Preciso un concierto verdadero:
___la música de la respiración
___y los silencios.
Piezas que debidamente encajen
armando su forma
su conjunto.
Que las hilachas
de una vez se enhebren
y enlacen guirnaldas.



Cómo saber si es la transpiración
o la fragancia del papel
entre mis piernas aquella vez
en la oscuridad respirando tu olor
me llegaba envuelto en las revistas tony
que me prestabas cuando yo solo quería
tu atención debajo de la parra
y tus ojos, dos almendras rojas
mientras ellas jugaban a hacer figuras
de barro, yo te esperaba sin remedio
en el mundo de dax y de gilgamesh
donde todas éramos heroicas princesas
con diademas y sangre a borbotones.



Era la silla de siempre
la marrón, la de cuerina
la del tajo que, rasgado,
muestra la estopa.

Estabas sentada ahí
sobre el desgarro.
Él vino por detrás
y destripó tu cuello.

Te arrancó la carne
y la piel a dentelladas...
¿o usó un cuchillo?
Sí, uno de serrucho finito.

El chorro saltó brillante
(cómo si le hubiera echado
aquella purpurina de carmín).

Era un alivio que al fin
estallara algo contundente:
¡al fin algo rubí, algo de fantasía!