jueves, diciembre 23, 2004

Federico Villalpando: Los herederos

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Gaspar Molina hubiera querido ser pianista, pero como perdió la mano izquierda durante los levantamientos de 1952, no le quedó mas opción que ser Juez. A lo largo de los años, entre caprichos personales y atenciones de amigos, parientes o clientes, Gaspar Molina se hizo de una respetable colección de prótesis, cuyo uso alternaba según la ocasión o el momento del año. A veces, al Juez se le daba por extrañar la extremidad perdida, y se le ha sorprendido, a pesar de sus precauciones, aflojando distraídamente los gemelos de su camisa y las tiras de la mano postiza, para acariciar el espacio dejado por los dedos ausentes.

Pasaron muchos años -casi cincuenta- desde aquel 8 de octubre de 1952, cuando los barrios altos de Santa Rosa de Arupa se levantaron contra el alcalde y la explosión de una caja de municiones se llevó su mano. Hoy están reunidos los más íntimos de los compañeros de aquél día -solo falta Leticia- y el Juez Gaspar Molina nunca se habría imaginado que su mano derecha estaría obligada a firmar semejante condena. Tras días de cabildeo, todos se han puesto de acuerdo. Solo falta la firma del Juez.

Y el Juez no se decide. Se incorpora. Están todos sentados alrededor de la mesa de la sala de reuniones de la alcaldía, y lo observan. Fue el bisabuelo del Juez quien hizo construir la alcaldía de Santa Rosa de Arupa, con planos traídos desde Francia. El Juez Gaspar Molina se acerca a la chimenea -inútil en aquellas latitudes tropicales- sobre la que reposaba, hasta hace unos meses, un busto alegórico de la República Francesa cuyo gorro frigio había sido oportunamente pintado con los colores patrios locales, para evitar confusiones. Para las navidades, el alcalde –borracho- había dejado caer el busto y no quedó mas remedio que poner en su lugar un mapa del país, una lámina con la bandera flameante, el retrato del héroe nacional (arrancado de un manual escolar) y una foto del "jazmín del monte", la flor nacional.

—Señor Juez—el comandante Bolaños interrumpe finalmente el silencio—. Debe firmar.
Gaspar Molina no se dio vuelta, de pura vergüenza ajena. Desde esta mañana el comandante Nicanor Bolaños paseaba su bragueta abierta dejando salir –sugerente y obscena- una punta de su camisa. Luego, el Juez se dirigió sin apuros y ajeno a su entorno hacia la puerta de vidrio (otrora de cristal) para espiar el hall de entrada. Allí esperaba Tania, sentada en un banco de madera. El sol del mediodía iluminaba aquel sector delineando las siluetas de los hombres armados que la vigilaban. La nieta de Leticia vestía pantalones vaqueros y una camisita muy a tono con sus diecisiete años. Desolada, esperaba su sentencia. El calor era sofocante y el canto de los grillos ensordecía el ambiente. El Juez se sorprendió en el reflejo de aflojar los gemelos de su camisa, pero se detuvo a tiempo. Pudo sentir la mirada morbosa de doña Elena Martínez, que esperaba ver su muñón transpirado. Esta vez tampoco lo lograría. Era casi un juego. Se conocían desde hace años. Elenita siempre fue de querer mirar lo que no debía.

Allí estaba toda la vieja guardia: el comandante Nicanor Bolaños, doña Elena Martínez —que presidía, desde la muerte de Leticia, la Sociedad de Damas de la Ciudad--, el padre Antonio Amador y el licenciado Esteban Barahona, dueño de la Arrocera Arlequín y alcalde de la ciudad. Estaban sentados en torno a la mesa de reuniones de la alcaldía, esperando la firma del Juez. Todos se conocían desde la infancia. Todos. Incluyendo a Leticia, la primera en morir —hace ocho meses— anunciando a los demás la hora de dejar el manejo de los asuntos terrenales a las nuevas generaciones.

Fue en 1952. Leticia, con sus veinte años, estudiaba enfermería y enseñaba higiene a los operarios de la Arrocera Arlequín, esperando alguna guerra que la sorprendiera en edad de viajes, para cuidar de algún cautivante oficial inglés. En aquel entonces, Gaspar –el bueno de Gaspar Molina- acariciaba sus largos y delgados dedos antes de abalanzarse sobre el piano, soñando con el momento en que París le abriría las puertas. El único piano de Santa Rosa de Arupa se encontraba en la casa de Leticia. No era un piano común: era el primer piano llegado al país. El bisabuelo de Gaspar, que había vuelto de Francia con planos de alcaldías y escuelas para cambiar la faz de la República, también había traído, por encargo de un ancestro de Leticia, aquel fabuloso piano alemán. Fue necesaria una expedición de 47 almas, entre peones y hombres armados, para trasladar -a sudor de mulas y bueyes- ese pesado instrumento hasta lejano valle de Santa Rosa de Arupa, en el medio de las guerras entre liberales y conservadores. Tras semanas de lenta marcha, el piano, torturado por el calor y la humedad, escupió las primeras notas del Himno Nacional en el salón de la casona de la familia de Leticia. Allí quedaría hasta 1952. Para ese entonces, su sonido –aunque anciano y patético- ya no asustaba a perros y gallinas, pero cautivaba a Leticia cuando Gaspar tocaba.
—Como representante de mis empleados -dijo licenciado Esteban Barahona- le pido que firme, señor Juez. —Ella era mi prima. La paz social exige proteger su nombre.

La paz social exigía ciertamente otras cosas en 1952. El arroz se ahogaba, las bananas se pudrían y el café se secaba por las huelgas. El gobierno parecía hacer oídos sordos a las súplicas de los ciudadanos y el bolchevismo cruzaba las fronteras. Finalmente, el ejército decidió marchar sobre la Residencia Presidencial para defenestrar al jefe de Estado. Santa Rosa de Arupa no fue ajena al levantamiento y la guardia local reconquistó, tras un breve tiroteo, la alcaldía tomada por los empleados de la Arrocera Arlequín. Ellos (siempre ellos), los seis amigos, marcharon detrás de la tropa con los demás vecinos de bien de la ciudad. En la confusión de ese día de gloria, estalló una caja de municiones que mató a tres personas y cercenó las ilusiones de Gaspar Molina.

Gaspar Molina aun se ahogaba en el delirio de las fiebres provocadas por sus heridas. Leticia cuidaba de él. Leticia, la enfermera, en busca de su teniente inglés. "Es lo mejor" susurraba, mientras cambiaba las vendas empapadas de sangre. "Aquí solo traería malos recuerdos". Gaspar no comprendía, pero sentía que grandes decisiones se estaban tomando sin consultarlo. "Además, serás la escolta de la delegación de Santa Rosa de Arupa cuando se inaugure el museo". Gaspar lloraba de dolor. O de pena. Leticia lo acariciaba, pero no se animaba a mirarlo a los ojos.
—Y… dígame, padre ¿qué dicen las cartas? —pregunta Elenita, siempre curiosa.
—No lo sé. Cosas horribles. Me bastó con la confesión de Tania, aunque no la dejé terminar y corrí a avisarles.
—¡Qué fastidio! ¡Y Gaspar que no se decide!

En efecto, el Juez no se decidía. La nieta de Leticia había heredado todos los bienes de su abuela. Una niña de diecisiete años, huérfana, recibía, a casi cincuenta años de aquella revolución, una casona llena de recuerdos, algunas rentas y los amigos de su abuela por consejeros. De no ser por ella, las propiedades de Leticia hubiesen terminado en manos de la parroquia y de la Sociedad de Damas. El Juez Gaspar Molina lo sabía, así como también intuía las intenciones de Elenita y del padre Antonio Amador.
—Ya es tiempo que firmes de una vez, Gaspar ¡por nuestra amiga! Tú eras su preferido. Se lo debes. Y debes proteger su buena reputación ante la población de la ciudad... ¡Y de todo el país!
Las palabras de Elenita sonaban a amenaza o a súplica. Pero El Juez tenía otras palabras en mente. Recordaba la tremenda sentencia dictada por Leticia cuando la delegación llegó a la Capital con el piano: "Es lo mejor. En casa sólo te traerá malos recuerdos. Deja que lo tengan ellos". Leticia sabía que la carrera musical de Gaspar había terminado con la explosión de ese cajón de municiones. Aquella lejana noche de 1952, lo mejor de la juventud del país festejaba, en el parque del Museo de la Libertad, la victoria sobre el bolchevismo. El cadete Nicanor Bolaños estuvo ausente, pues su regimiento había sido convocado para interrogar a unos activistas de las arroceras de Arupa. Su primera misión. Entre fuegos de artificio e himnos patrios, Gaspar Molina no pudo contener su tristeza y prefirió la compañía de su piano, en la soledad de los pasillos de la residencia. Hasta allí lo siguió –discreta- Leticia. Mientras todos reían y cantaban, ellos quedaron abrazados por horas debajo del instrumento. Gaspar lloraba el camino que el destino le negaba. Leticia lo abrazaba en silencio.
—¿Cuántas de esas cartas habrá leído esa niña?—se preguntaba Esteban Barahona—. Tendríamos que haber registrado la casa antes de dejársela. O mejor: cambiar el testamento. Yo mismo financié los arreglos de la casona para su último cumpleaños.
—Leticia se emocionó mucho esa noche. Al día siguiente decidió nombrar a Tania su única heredera—remató el padre Antonio Amador.

En efecto, hace poco mas de ocho meses, Leticia cumplía 70 años. Esteban Barahona pagó con su dinero, el de sus empleados y algunos fondos de la alcaldía, la refacción de la casona de Leticia –que a su muerte debía terminar en manos de la parroquia y de la Sociedad de Damas. También costeó una magnifica fiesta, en la que fue invitado el retratista presidencial para cubrir el salón de la casa con frescos alegóricos de la vida de su prima. El pintor fue el gran espectáculo de la fiesta, además de los músicos, los fuegos artificiales y el gigantesco pastel de cumpleaños. Sólo los payasos acaso lo envidiaron, ya que los niños desconocieron sus malabares y se pasaron la noche observando al artista inmortalizar a Leticia pariendo, rezando, repartiendo limosnas, aplicando ventosas en espaldas de maridos sifilíticos, dando lecciones de higiene a obreros y mendigos, inaugurando escuelas y donando al Museo de la Libertad el piano, junto a un Gaspar Molina en pose de héroe griego. Tania, feliz, cerró el agasajo con un poema de gratitud por la abuela que la adoptaba, tras la trágica muerte de sus padres. En la madrugada, el pintor dejó la ciudad en su coche antiguo. Los pocos invitados que quedaban –borrachos y trasnochados- lo despidieron entre risas y brabuconadas, a la espera de la torpeza que lo haría chocar.
—Gaspar, ¿recuerdas el final de esa fiesta?—dijo Esteban—. Tú abrazabas a Tania como un padre. Yo preparé esa casa para que fuera la sede de la Sociedad de Damas. Jamás hubiese pensado que esa mocosa iría a vivir allí.

El Juez Gaspar Molina seguía mirando el fondo del hall y recordaba esa noche. Leticia murió a los pocos días de ese gran encuentro familiar. Fue velada un día lluvioso, en el mismo salón donde reinó por años el piano. De la fiesta quedaban algunas manchas, algo de olor a cigarrillo y los frescos del artista, que bañaban el lugar con una atmósfera lúgubre y señorial. El cuerpo rígido y frío de la dama, rodeado de imágenes de sí misma, era la estatua perfecta y final que cerraba la obra maestra del retratista presidencial. Toda la ciudad vino a llorarla.
—Parece, nomás, que la vida de Leticia no era como lo pensábamos –suspiró, vulgar, el Comandante Bolaños--. ¿Así que no has leído las cartas, Antonio?
—No, Nicanor. Gaspar fue a la casa de Leticia apenas le avisé. Yo acababa de confesar a la niña. Mandó allanar el lugar y se llevó el cofre con las cartas. Está en su casa, en la caja fuerte, como material de prueba para el juicio. Yo lo vi cuando lo encontró. No dijo nada. Hizo arrestar inmediatamente a la mocosa.

El Juez Gaspar Molina sintió la mirada acusadora de sus cuatro amigos. Con un imperceptible movimiento de cejas, pensó que si el Comandante se paraba se le vería la bragueta y la camisa suelta saliendo del pantalón. Siempre lo mismo: Bolaños sale borracho del burdel y Gaspar le debe recordar de arreglarse el uniforme. Hacía quince días –desde el inicio del caso- que el Comandante iba solo a ver a las putas y no tenía a nadie que le mire la ropa. Se acercó sin pronunciar palabra a la mesa y leyó rápidamente la sentencia. Nadie hablaba. El Comandante movía sus piernas disimuladamente, aprovechando la atención de todos sobre Gaspar para arreglarse la camisa. Elenita observaba de reojo la prótesis del Juez.
—No está bien redactado -el Juez subrayaba algunas palabras-. Hasta hay algunos errores ortográficos. ¿Quién escribió esto?
Sin esperar respuesta, dejó el papel sobre la mesa, con un gesto profesional y desdeñoso. Retrocedió unos pasos para verlo de lejos. Mientras su mano derecha preparaba la pluma, la prótesis acercaba el sello al borde de la mesa. Firmó y ordenó a Elenita de sellar el documento, sacándola de su letargo.
—En nombre de la los trabajadores de la industria arrocera a la represento, yo como alcalde de Santa Rosa de Arupa…
—Esta noche vendrán a mi casa -cortó Gaspar al alcalde-. Vamos a quemar el maldito cofre con todas las cartas. Traigan a mi secretario y a dos testigos que sepan firmar. Después de todo, esta mierda es un acto judicial.

Gaspar se retiró escupiendo un "y ahora déjenme descansar", apurado, aflojando la prótesis que no daba tregua a su muñón empapado. No se animó a mirar a Tania, pero acarició su cabellera al salir, con su mano derecha. Por ser viernes por la tarde, ella pasaría el fin de semana en la cárcel. Según la sentencia que acababa de firmar, Tania tendría una hora, en la madrugada del lunes, para recoger algunas pertenencias de su residencia antes de partir para Ciudad Juárez, México. Tania había sido hallada culpable de amenazar con revelar documentos que atentaban contra la paz social de Santa Rosa de Arupa. Con dichos documentos, había calumniado la buena reputación de ciudadanos ilustres de lugar. De la breve lectura de los mismos, el tribunal estimaba que existían dudas sobre el lazo familiar que unía a Tania Regazo con Leticia Salinas, con lo que ya no estaba en condiciones de demostrar la legitimidad de su derecho sobre las propiedades heredadas. Por motivo de ese fraude, se seguiría al pie de la letra el anterior testamento de Leticia, siendo sus bienes y sus rentas distribuidos entre la parroquia y la Sociedad de Damas de la Ciudad. Tania Regazo quedaba condenada a la pena de exilio a Ciudad Juárez.
El cofre empezaba a arder. El Juez lo había bañado con alcohol de quemar –aunque la tarea correspondía al alcalde o al comandante, como representantes del ejecutivo- y Antonio Amador dejó caer una cerilla encendida sobre su tapa. La madera crujía. El secretario del Juez pidió las firmas de los dos operarios que Esteban Barahona había traído como testigo.
—Dime, Gaspar -Esteban Barahona rompió el silencio-. ¿Qué es lo que decían las cartas que estaban en el cofre?. Gaspar permaneció en silencio. Elenita no podía dejar de observar el brillo plástico de su mano izquierda. Algunas hojas chamuscadas volaban en la oscuridad, por efecto de las llamas. Algunos mosquitos se acercaban, atraídos por la luz y huían a los pocos segundos por culpa del humo. Los dos operarios deseaban retirarse, pero Esteban Barahona se los prohibió y les ordenó velar que las chispas no alcancen las plantas del jardín.

Gaspar observaba, cautivado, las llamas que consumían al cofre y a los papeles que contenía. El lunes iría con unos guardias a la casona con Tania. Debía revisar y tomar nota de las pertenencias ella se llevaría consigo y asegurarse que se tome el autobús a México. El Juez Gaspar Molina piensa que tal vez le hubiese gustado leer los papeles que contenía ese cofre. Ni siquiera lo había abierto. Sabía que los decires y acusaciones del Padre Antonio Amador -verdaderos o falsos- tenían como objeto velar a la posición del grupo en la ciudad. Es cierto que Gaspar sentía algo de cariño por Tania. Acaso alguna vez tuvo la ilusión de recuperar con ella parte del amor que había sentido por Leticia. Ese amor que jamas pudo declarar. Ese amor que dejó pudrir el día de la boda de Leticia con un respetable caballero de la capital, de la misma manera que dejó pudrir –con su mano izquierda- su carrera de artista.

Algunos papeles salían volando para perderse en la oscuridad. "En pocas horas lloverá. Esos papeles estarán ilegibles para el amanecer". Elenita buscaba palabras osadas entre las llamas. Mientras los papeles volaban, el Juez Gaspar Molina recordaba todas las elucubraciones que habían corrido sobre esos documentos, en los últimos días de debate. Si bien nadie quiso faltarle el respeto a Leticia, se sugirió que el cofre guardaba las pruebas de que había sido espía del enemigo o –peor- que habría abusado de su labor de higienista para compartir el lecho con gente del pueblo. El Juez Gaspar Molina se preguntaba –estaba casi seguro- si entre esos papeles no estarían las pocas cartas de amor que alguna vez se animó a mandar a Leticia, o las partituras -con los aires dedicados a su musa- que esperaba alguna vez presentar en París. Todas esas cosas que él, ahora, prefería olvidar.