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Cesura
ALGUIEN IMITA MI VOZ
en un desierto celoso; arrojan sobre ella
ecos salvajes, reverberaciones
que la esquilman
y la olvidan. Entre los dos
se va formando,
lentamente,
una breve isla de silencio.
CÓMO, CON QUÉ LENTA GRAVEDAD
guardaste al niño, dentro de la cuna
iba cerrando sus ojos
al sol, transpiraba
y algo lo fue
inclinando hacia la fiebre.
Lo cubriste de blancas frazadas
¿dormías también? ¿pudiste escucharnos?
Yo te miré desde la sombra, desde
el último rellano hacia la luz,
te vi las manos extendidas
en círculo. Y su cuello
era un largo tendón morado.
No querías hacerlo, estaba muy enfermo.
Tan frágil, su sangre circulaba
recorría los contornos
de venas azules y verdes, como un río
después de la batalla.
Tus uñas afiladas, tus dedos haciendo
un anillo de piel sobre piel.
Y hasta que el sol no depuso
su recto fulgor,
no se movieron
no se movieron,
y la noche se abrió sobre su cuerpo.
Orfeo
I
Que tu cuerpo despierte
en formas sutiles, sin prisa
que pueda despertar
y levantar su silueta
al tañer delicado de la lira.
Y cuando sin prisa despierte
y levante su silueta,
que dibuje frágil su sombra
de nuevo en la piedra.
II
Mientras impulsaba la dulce armonía
y las figuras del Hades se inclinaban ante mi cuerpo
(el mismo Caronte libró sus remos),
retorné a mi madre, a su propio cuerpo
que supo inspirar eternas voces.
III
Detrás te moviste, lentamente
mientras no volví la mirada;
podría estar tu cuerpo a salvo
si el mío no hubiese girado.
Después de la leve canción
quise admirar mi conquista
después de la leve canción
sin embargo, volví a perderte.
IV
Sólo fue singular mi canto
sólo en ese instante fuimos distintos.
Antes éramos cuerpo y cuerpo
(y se abre mi recuerdo a su deseo),
ahora piedra y piedra
olvido profundo, sin melodía.
V
¿Estaré en rotos pedazos,
allí donde el ruiseñor
difunde tonos antiguos?
¿Seré su eco en la ceniza
o su último silencio?
jueves, diciembre 23, 2004
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