El rostro del prócer
Emiliano Sanjuan cierra cuentas con Omar Fakhati. A Omar siempre le sobra lugar en su camioneta y no tiene inconvenientes en redondear sus ingresos o sus amistades transportando cosas entre la Capital y Santa Rosa de Arupa.
“Mis primos te estarán esperando –Emiliano entrega el dinero. Ellos se encargarán de guardar todo en casa de Mamá. Yo iré para allá en diez días”. Emiliano piensa un instante. Hoy tiene que trabajar en el mural del Banco, pero aún es temprano. La mañana es soleada y la brisa anuncia un día apacible. Quiere caminar.
“Omar... antes de irte... ¿no me dejarías en el centro?”
La camioneta avanza tranquila por la Avenida Kennedy. Es un camino de tierra, bordeado por casas bajas y sencillas. Más adelante, ya asfaltada, la avenida cambiará de nombre y se llamará Avenida Don Luis Graciano. Habrá edificios más altos, más antiguos, más urbanos, hasta llegar al centro, a pocas cuadras de la Plaza de la República. Pocos conocen los nombres de las calles de esta ciudad. El capitalino llega a destino impulsado por la costumbre y el que le pregunte por algún lugar, tendrá que vérselas con un “a cien metros del puente, para el norte” o un “donde vivían los chinos, tres cuadras para abajo”. Emiliano mismo se sorprendió alguna vez indicando a un forastero: “está cerquita, nomás, al ritmo que lleva, se fuma un cigarrillo y llega”.
La camioneta levanta el polvo de las calles mal asfaltadas a su paso. Ni Omar ni Emiliano han dicho palabra desde partieron. Emiliano decide romper el silencio: “Por setenta años esta parte de la Avenida se llamó General José María Estorna, pues fue el camino que tomó con su tropa para conquistar la Capital”. Omar asintió, distraído. “El alcalde le cambió el nombre cuando asesinaron al presidente Kennedy”. Todos conocen a Kennedy. Todos, incluyéndolos a ellos, crecieron con películas sobre su turbulenta vida y amores. Lo que nadie sabe es que, en aquél entonces, el alcalde de la Capital era un descendiente del Mariscal Herrera, enemigo jurado de José María Estorna.
La camioneta de Omar avanza, ruidosa, y hace ya unas cuadras que la Avenida cambió de nombre. Ahora se llama Don Luis Graciano. Hay más tránsito. Emiliano observa su rostro por el retrovisor; su cara mal afeitada, su cabeza rapada, con algunas canas que brillan con el sol de la mañana. Explora sus facciones con la palma de la mano y constata el efecto de la pintura sobre su piel reseca. Se palpa las ojeras y se pone los lentes de sol. Abre la ventanilla. A la izquierda corre el río Cholta con sus débiles brazos. “¿Y qué vas a hacer en Arupa, Sanjuan?”. Omar quiere cambiar de tema. “Es mi pueblo” respondió satisfecho. “Me pasaré la vida tirado en una hamaca, durmiendo a la sombra de un árbol”. Sanjuan siempre se las dio de arupeño. Sus padres eran del pueblo –y de vieja familia- pero por años vivieron en la Capital, donde él nació y se crió, en los barrios que ahora recorre con la camioneta. Al quedar viuda, su madre se volvió a Arupa, a ocupar la casona familiar. Emiliano apenas y la visitaba, y dejó en las manos Omar el cuidado de hacer llegar al pueblo cartas, encargos, algún dinero y noticias. A pesar de ello, Emiliano Sanjuan siempre cultivó un cierto orgullo provinciano, tal vez para compensar las costumbres acartonadas de su madre -que tanto hacían reír a sus compañeros en la escuela- o para seducir estudiantes y críticos de artes, pues lo vernáculo siempre estuvo de moda.
Hoy se cumplen cuatro meses de la muerte de su madre. Hoy Emiliano vendió su hogar en la capital para instalarse en la casona familiar. Sólo tiene que terminar el mural del Banco.
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Barrio San Miguel; barrio El Salado; calle Pedregosa... barrio de la Sirena... calle La Sangre; pasaje Lavanderas. La camioneta de Omar cruza calles y algunos puentes. Pocos a cielo abierto, la mayoría entubados, los brazos del río Cholta dieron nombre a los barrios y a las calles del sur. Esos arroyos formaban pequeñas barrancas entre las casas, valles en miniatura de vegetación densa y algo de basura, por donde corrían las aguas usadas de los lugareños. Esos valles fueron la alegría de su infancia. “¡Vamos a los ríos!” solían canturrear Emiliano y sus amigos, mientras calzaban bolsas de plástico entre las medias y las zapatillas, para no mojarse los pies. Salían al jardín. Trepaban por la pared y así llegaban a un mundo de aventuras. Todavía recuerda los nombres que le dieron a algunos arroyo: Río Fantasmas, y su canto misterioso; Río Chatarras, con sus heladeras abandonadas... Brazo de la Tonta, tributario del Chatarras, que pasaba por lo de Mariana Solaya, la mimada del aula.
Al Arroyo de la Sirena jamás le cambiaron el nombre. Les daba demasiado miedo llamarlo del Muerto, después de que allí encontraron un cadáver mutilado, encharcado en sangre, y sus padres les prohibieron jugar por esa zona. Emiliano recuerda –o cree recordar, hace tanto tiempo- a una mujer llorando cerca del cadáver. Ella vio a los niños y huyó ruidosamente río arriba, hacia el Cholta. Emiliano nunca supo muy bien lo que pasaba con ese arroyo. El nombre le venía de las guerras civiles, cuando el General José María Estorna expulsaba a los herreristas de la ciudad, en 1826, y la zona era maleza y bosque. Se dice que se luchó mucho y que una sirena surgía de ese estrecho hilo de agua fresca, para desnucar a los enemigos del General. Cuando Emiliano tenía diecisiete años y se fue el gobierno militar, se habló mucho de muertos y de cuerpos botados en los baldíos. Después el Arroyo de la Sirena fue entubado y quedaron sepultados para siempre su protectriz y sus secretos.
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La camioneta llega al centro. Es temprano y no hay mucho tránsito. Omar se detiene cerca de la plaza de la República, frente a la recova del Ministerio de Educación. Emiliano estira las piernas y observa unos segundos la cola de personas que espera que abra el Ministerio. Es un edificio funcional y sucio, de concreto gris y una entrada poco acogedora. Fue inaugurado el mismo año en que se bautizó a la Avenida Kennedy y las bananas y el café auguraban al país un porvenir prometedor. Emiliano baja de la camioneta. Omar observa el aspecto demacrado de su pasajero. Quiere decirle algunas palabras de consuelo, por la madre muerta, pero prefiere despedirse y seguir viaje.
Emiliano echa un vistazo condescendiente hacia la derruida entrada del edificio. Lee el cartel: “Ministerio de Educación y Cultura de la Nación”. Por lo bajo, se regocija: “el mes que viene empiezan las clases, pero yo estaré en Santa Rosa de Arupa”. Emiliano siente algo de afecto por esa esquina insípida, que se ha convertido en su punto de referencia en el centro, para citas con amigos, amantes o clientes. Emiliano camina, apacible, hacia la Plaza de la República. Su piel disfruta de la brisa matutina. Mientras recorre las calles aún tranquilas, piensa en los bienes y propiedades que ha vendido en estos meses y en su decisión de instalarse en la casa heredada de sus padres. No sabe muy bien porqué quiere dejar la Capital. Solo sabe que antes debe terminar con el mural del Banco. Unos pocos días de trabajo, antes de irse.
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Allí está la Plaza de la República, con sus palmeras antiguas, su catedral y el palacete Presidencial. En las puertas del viejo cabildo ve a la Guardia de la Patria: unos chicos encerrados en uniformes decimonónicos, que cargan pesados fusiles y se aprestan a soportar las próximas horas de sol. En un rincón de la plaza hay una vieja casona, de paredes blancas y cuyo único mérito es haber sobrevivido a la locura inmobiliaria que reina en la ciudad desde los años sesenta. Una placa de bronce, en la puerta, conmemora su historia, con un exhaustivo listado de sus dueños, sus vidas y funciones.
En el centro de la plaza, esta la estatua del prócer. Emiliano prefiere llamarlo así: el prócer. El prócer es el General José María Estorna, héroe de la independencia, ejemplo de rectitud y gallardía. El prócer monta un corcel enfurecido, con sus patas delanteras erguidas. Sable en alto y expresión decidida, el Prócer amenaza al enemigo. Emiliano lee la placa de la estatua:
“Mis primos te estarán esperando –Emiliano entrega el dinero. Ellos se encargarán de guardar todo en casa de Mamá. Yo iré para allá en diez días”. Emiliano piensa un instante. Hoy tiene que trabajar en el mural del Banco, pero aún es temprano. La mañana es soleada y la brisa anuncia un día apacible. Quiere caminar.
“Omar... antes de irte... ¿no me dejarías en el centro?”
La camioneta avanza tranquila por la Avenida Kennedy. Es un camino de tierra, bordeado por casas bajas y sencillas. Más adelante, ya asfaltada, la avenida cambiará de nombre y se llamará Avenida Don Luis Graciano. Habrá edificios más altos, más antiguos, más urbanos, hasta llegar al centro, a pocas cuadras de la Plaza de la República. Pocos conocen los nombres de las calles de esta ciudad. El capitalino llega a destino impulsado por la costumbre y el que le pregunte por algún lugar, tendrá que vérselas con un “a cien metros del puente, para el norte” o un “donde vivían los chinos, tres cuadras para abajo”. Emiliano mismo se sorprendió alguna vez indicando a un forastero: “está cerquita, nomás, al ritmo que lleva, se fuma un cigarrillo y llega”.
La camioneta levanta el polvo de las calles mal asfaltadas a su paso. Ni Omar ni Emiliano han dicho palabra desde partieron. Emiliano decide romper el silencio: “Por setenta años esta parte de la Avenida se llamó General José María Estorna, pues fue el camino que tomó con su tropa para conquistar la Capital”. Omar asintió, distraído. “El alcalde le cambió el nombre cuando asesinaron al presidente Kennedy”. Todos conocen a Kennedy. Todos, incluyéndolos a ellos, crecieron con películas sobre su turbulenta vida y amores. Lo que nadie sabe es que, en aquél entonces, el alcalde de la Capital era un descendiente del Mariscal Herrera, enemigo jurado de José María Estorna.
La camioneta de Omar avanza, ruidosa, y hace ya unas cuadras que la Avenida cambió de nombre. Ahora se llama Don Luis Graciano. Hay más tránsito. Emiliano observa su rostro por el retrovisor; su cara mal afeitada, su cabeza rapada, con algunas canas que brillan con el sol de la mañana. Explora sus facciones con la palma de la mano y constata el efecto de la pintura sobre su piel reseca. Se palpa las ojeras y se pone los lentes de sol. Abre la ventanilla. A la izquierda corre el río Cholta con sus débiles brazos. “¿Y qué vas a hacer en Arupa, Sanjuan?”. Omar quiere cambiar de tema. “Es mi pueblo” respondió satisfecho. “Me pasaré la vida tirado en una hamaca, durmiendo a la sombra de un árbol”. Sanjuan siempre se las dio de arupeño. Sus padres eran del pueblo –y de vieja familia- pero por años vivieron en la Capital, donde él nació y se crió, en los barrios que ahora recorre con la camioneta. Al quedar viuda, su madre se volvió a Arupa, a ocupar la casona familiar. Emiliano apenas y la visitaba, y dejó en las manos Omar el cuidado de hacer llegar al pueblo cartas, encargos, algún dinero y noticias. A pesar de ello, Emiliano Sanjuan siempre cultivó un cierto orgullo provinciano, tal vez para compensar las costumbres acartonadas de su madre -que tanto hacían reír a sus compañeros en la escuela- o para seducir estudiantes y críticos de artes, pues lo vernáculo siempre estuvo de moda.
Hoy se cumplen cuatro meses de la muerte de su madre. Hoy Emiliano vendió su hogar en la capital para instalarse en la casona familiar. Sólo tiene que terminar el mural del Banco.
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Barrio San Miguel; barrio El Salado; calle Pedregosa... barrio de la Sirena... calle La Sangre; pasaje Lavanderas. La camioneta de Omar cruza calles y algunos puentes. Pocos a cielo abierto, la mayoría entubados, los brazos del río Cholta dieron nombre a los barrios y a las calles del sur. Esos arroyos formaban pequeñas barrancas entre las casas, valles en miniatura de vegetación densa y algo de basura, por donde corrían las aguas usadas de los lugareños. Esos valles fueron la alegría de su infancia. “¡Vamos a los ríos!” solían canturrear Emiliano y sus amigos, mientras calzaban bolsas de plástico entre las medias y las zapatillas, para no mojarse los pies. Salían al jardín. Trepaban por la pared y así llegaban a un mundo de aventuras. Todavía recuerda los nombres que le dieron a algunos arroyo: Río Fantasmas, y su canto misterioso; Río Chatarras, con sus heladeras abandonadas... Brazo de la Tonta, tributario del Chatarras, que pasaba por lo de Mariana Solaya, la mimada del aula.
Al Arroyo de la Sirena jamás le cambiaron el nombre. Les daba demasiado miedo llamarlo del Muerto, después de que allí encontraron un cadáver mutilado, encharcado en sangre, y sus padres les prohibieron jugar por esa zona. Emiliano recuerda –o cree recordar, hace tanto tiempo- a una mujer llorando cerca del cadáver. Ella vio a los niños y huyó ruidosamente río arriba, hacia el Cholta. Emiliano nunca supo muy bien lo que pasaba con ese arroyo. El nombre le venía de las guerras civiles, cuando el General José María Estorna expulsaba a los herreristas de la ciudad, en 1826, y la zona era maleza y bosque. Se dice que se luchó mucho y que una sirena surgía de ese estrecho hilo de agua fresca, para desnucar a los enemigos del General. Cuando Emiliano tenía diecisiete años y se fue el gobierno militar, se habló mucho de muertos y de cuerpos botados en los baldíos. Después el Arroyo de la Sirena fue entubado y quedaron sepultados para siempre su protectriz y sus secretos.
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La camioneta llega al centro. Es temprano y no hay mucho tránsito. Omar se detiene cerca de la plaza de la República, frente a la recova del Ministerio de Educación. Emiliano estira las piernas y observa unos segundos la cola de personas que espera que abra el Ministerio. Es un edificio funcional y sucio, de concreto gris y una entrada poco acogedora. Fue inaugurado el mismo año en que se bautizó a la Avenida Kennedy y las bananas y el café auguraban al país un porvenir prometedor. Emiliano baja de la camioneta. Omar observa el aspecto demacrado de su pasajero. Quiere decirle algunas palabras de consuelo, por la madre muerta, pero prefiere despedirse y seguir viaje.
Emiliano echa un vistazo condescendiente hacia la derruida entrada del edificio. Lee el cartel: “Ministerio de Educación y Cultura de la Nación”. Por lo bajo, se regocija: “el mes que viene empiezan las clases, pero yo estaré en Santa Rosa de Arupa”. Emiliano siente algo de afecto por esa esquina insípida, que se ha convertido en su punto de referencia en el centro, para citas con amigos, amantes o clientes. Emiliano camina, apacible, hacia la Plaza de la República. Su piel disfruta de la brisa matutina. Mientras recorre las calles aún tranquilas, piensa en los bienes y propiedades que ha vendido en estos meses y en su decisión de instalarse en la casa heredada de sus padres. No sabe muy bien porqué quiere dejar la Capital. Solo sabe que antes debe terminar con el mural del Banco. Unos pocos días de trabajo, antes de irse.
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Allí está la Plaza de la República, con sus palmeras antiguas, su catedral y el palacete Presidencial. En las puertas del viejo cabildo ve a la Guardia de la Patria: unos chicos encerrados en uniformes decimonónicos, que cargan pesados fusiles y se aprestan a soportar las próximas horas de sol. En un rincón de la plaza hay una vieja casona, de paredes blancas y cuyo único mérito es haber sobrevivido a la locura inmobiliaria que reina en la ciudad desde los años sesenta. Una placa de bronce, en la puerta, conmemora su historia, con un exhaustivo listado de sus dueños, sus vidas y funciones.
En el centro de la plaza, esta la estatua del prócer. Emiliano prefiere llamarlo así: el prócer. El prócer es el General José María Estorna, héroe de la independencia, ejemplo de rectitud y gallardía. El prócer monta un corcel enfurecido, con sus patas delanteras erguidas. Sable en alto y expresión decidida, el Prócer amenaza al enemigo. Emiliano lee la placa de la estatua:
La Patria
al Ilustre General Don José María Estorna
Azote de los
Realistas,
Guardián de las Fronteras, Paladín de la Justicia,
Pesadilla
de Necios y Traidores
Emiliano Sanjuan se apoya contra una farola mientras recita mentalmente –recuerdo escolar- los nombres de los necios y traidores que emboscaron y acribillaron al prócer, en 1831. Busca en su bolso un lápiz y su cuaderno de dibujo. Se quita los anteojos y concentra su vista en el rostro del prócer. Empieza a garabatear. Cuando Sanjuan era estudiante, había oído decir que, para los cincuenta años de la muerte del general, una Comisión Gubernamental de Notables viajó a París, a buscar algún artista de renombre que realice esa estatua. En Europa, los Notables no tardaron en sucumbir a las tentaciones finiseculares de la Ciudad Luz y dilapidaron su presupuesto en bebidas, putas y juegos. Para cuando llegó la hora de volver al país, no le quedó más opción a la Comisión que comprar de remate una estatua de algún mariscal francés famoso, que la municipalidad tenía guardada en un galpón, junto con otros cacharros, desde la caída de Napoléon III.
De los cuatro Notables de la Comisión, sólo dos volvieron. Uno prefirió París y una bataclana al abrazo de su esposa. Otro desapareció en alta mar. El tercero se suicidó el día de la inauguración del monumento y fue enterrado en Santa Rosa de Arupa. Don Luis Graciano, Presidente y único sobreviviente de la Comisión, se aseguró que los manuales escolares tengan los retratos del General que él mismo había realizado. “Don Luis Graciano, fundador de la Academia de Bellas Artes” murmura Emiliano, mientras sigue dibujando. Don Luis Graciano, como el General José María Estorna, entró en la Capital por la avenida que lleva su nombre, con la falsa estatua del Prócer. El Presidente la Comisión se trajo de París pinceles, telas, paletas y libros, para vivir de los encargos artísticos del Gobierno. Desde entonces, no hay edificio público en el país que no tenga alguna de sus telas. En sus cuadros, los conquistadores españoles sucumben a manos del Indio con aires de mártires cristianos, los caudillos triunfan como héroes griegos y ninfas republicanas semidesnudas arengan a los soldados de todas las batallas sufridas en estas tierras.
Don Luis Graciano fue el primer referente artístico de Emiliano, aunque no le perdona no haber pintado a la sirena de su barrio. Él mismo subsanó ese olvido en una de sus obras juveniles. Su Sirena Magna –cabellera rojiza, piel de porcelana y formas sensuales- emergía de un río tormentoso y oscuro, para arremeter contra un soldado desfigurado por el miedo. Años más tarde –y bajo otros gobiernos- Emiliano hizo otro cuadro: una “Sirena Indiana” de tez trigueña, inexpresivo rostro de cacique y cuerpo de atleta, en actitud de degollar a un soldado de llamativas facciones anglosajonas. Esa obra le valió el mote de comunista, con el que justificó un oportuno exilio en México y afianzó su renombre y su clientela.
“Tan comunista como arupeño” suspira Sanjuan. Y deja de dibujar. Se vuelve a poner los lentes. Esta cansado del prócer. Esta cansado de sí mismo.
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Todos conocen el secreto del prócer y su estatua. A nadie –ni siquiera a él- nunca le preocupó el asunto, hasta que, hace dos años, la sede del Banco del Atlántico y del Pacifico se incendió y tuvo que cerrar por tiempo indefinido. Cuando se preparaban los trabajos de reconstrucción, la Comisión Directiva del Banco decidió encargar al artista Sanjuan un mural para el gran salón del edificio. El mural debía ser grandioso, una obra maestra, y debía ilustrar las horas más gloriosas de la Capital, desde su fundación hasta nuestros días. En el centro del mural debía triunfar, claro está, el máximo héroe de la Patria, el General José María Estorna.
Emiliano deja la Plaza de la República y vuelve a la barranca del río Cholta, sobre la Avenida Don Luis Graciano. Pobre río Cholta. Su lecho apenas y cubre una fracción del que solía ocupar en otros tiempos. Desde la Avenida, el lecho parece una especie de camino de tierra húmedo, por donde corren algunas líneas de agua aceitosa. Flotan basuras, cajones vacíos. Algunos niños se refrescan y ríen. Una vaca bebe agua de un charco. Emiliano se sienta en un banco desvencijado y observa ese río ralo, su barranca y las cúpulas de las iglesias que sobresalen trabajosamente sobre los techos. También hay edificios modernos; algunos terminados, otros en obra y no pocos abandonados. En el medio del lecho del Cholta solía haber una casa de madera traída, años atrás, por una crecida. Era una cabaña sencilla y de colores alegres, que fue adoptada por el bajo mundo de la ciudad para librarse a contrabandos oscuros. De ella sólo queda hoy un esqueleto de andamios, donde cuelgan bolsas de plástico que flamean como banderas. Los españoles eligieron este valle por su río fecundo, accesible y a medio camino entre el océano y los montes. Se dice que fundaron la ciudad en el mismísimo lugar donde se encuentra la estatua del General José María de Estorna. “Todo siempre vuelve al Prócer” murmura Emiliano, mientras se rasca las manos adoloridas y observa el único cartel que recuerda el nombre de la Avenida Don Luis Graciano. “Todo vuelve al Prócer… y a su rostro” piensa, y se pone las manos en los bolsillos.
Emiliano observa los tres montes que dominan a la ciudad. Hubo una época, en tiempos remotos y turbulentos, en que cada monte tenía una fortaleza armada con cañones, para proteger –o someter- a la Capital. De los tres fuertes, hoy solo queda uno, que sirve de manicomio municipal. En otro de los montes se encuentra la embajada de los Estados Unidos. En el tercero, se puede ver una coqueta residencia italiana de paredes celestes, donde hoy funciona el Museo de la Libertad. Hace pocas semanas fue a revisar el archivo del museo, donde supuestamente estaban los únicos retratos realizados en vida del Prócer, que Don Luis Graciano había llevado a París, con la Comisión Gubernamental de Notables. No los encontró. El inventario hacía referencia a ellos, pero no estaban.
Emiliano consulta su reloj. Sabe que es hora de ir al Banco. Debe terminar la obra
_______________
Hubo un tiempo en que Emiliano cuidaba las formas al llegar al Banco. La primera vez que entró a la sala principal –hace un año y medio- todavía olía a quemado. Aquella vez había venido invitado por los miembros de la Comisión Directiva de la institución, vestido con un traje de lino, sin corbata, camisa roja y anteojos oscuros. Emiliano hablaba sin mirarlos, algunos pasos delante de ellos, observando la pared chamuscada que le estaba asignada. “El lugar me inspira” anunció, mientras escrutaba el cielo a través del techo derrumbado. “Mañana les daré mi presupuesto”. Cuando inició su trabajo, empezó a venir al Banco con ropas toscas, aunque siempre con lentes oscuros y algún libro de arte bajo el brazo, para diferenciarse de los obreros, los capataces y los arquitectos. Desde que Sanjuan mandó casi toda su ropa, sus libros y sus espejos a Santa Rosa de Arupa, ya no cuida su aspecto. Se afeita con torpeza, se rapa el cabello y los anteojos de sol esconden mal su actitud abatida. Todos creen que su decadencia se debe al luto por la madre muerta. Hoy el portero lo nota algo mejor. Más decidido.
-Se lo ve bien, Sanjuan –saluda el portero- dejar el aire de la Capital le hará bien... ¿cuándo era que se iba para Arupa?
-En diez días –contesta, escueto- hoy termino de pintar. Pasado mañana reviso la pintura y me llevo mis cosas. Me verán dentro de dos meses, para la inauguración y para cobrar.
Emiliano penetra en el gran salón del Banco. La refacción esta en su fase final. Los carpinteros instalan mostradores de líneas modernas, mientras los electricistas trabajan en la iluminación. Dirige a esa gente afanosa un saludo discreto y algo altivo, mientras se acerca al mural. La obra ocupa la pared frente a los mostradores. De izquierda a derecha, sobre treinta metros de largo y dos de alto, se extiende la historia de la Capital, con alusiones a las leyendas indígenas que cuentan el nacimiento del universo; los españoles fundando y celebrando misa; la vida colonial; la independencia; las guerras civiles... Sanjuan no tuvo miramentos con el siglo que le tocó vivir a él y a sus padres. Se esforzó en exaltar la importancia del Banco centenario en la construcción de puertos y vías férreas, para la exportar las bananas y el café. Al final del mural, agregó unos niños con uniforme escolar, junto con intelectuales, campesinos y mujeres maternales. También hay humo de fábricas y un avión moderno que vuela hacia un sol naciente. “De algo hay que vivir” se justifica, y vuelve su mirada hacia la izquierda. Allí están los primeros tiempos de la Patria: los indios, los soldados españoles y la tropa de los caudillos. A todos ellos les puso los rostros de los trabajadores que reconstruyeron el Banco. Un detalle para granjearse simpatías y algún halago en el discurso inaugural. Más adelante, su madre llega a bordo de una nave llena de café. Un marino la espera en el puerto, bajo una recova.
Sanjuan recorre su obra, lápiz en mano, dejando algunas marcas sobre los puntos que deberá corregir o reforzar. Llega al centro del mural. Encuentra la mesa de trabajo, donde deja el bolso y los anteojos. Ahí está su material: pinceles, algunos químicos, pinturas. Una precaria silla de madera. Acaricia el respaldo del mueble y, mientras observa la pared, trata de quitarle con las uñas algunas manchas de pintura seca. Emiliano se sienta. No deja de mirar el centro del mural. Estira las piernas, se pone las manos en los bolsillos y suspira. En el piso, alrededor de la silla, quedaron algunos de sus libros, pocos, y sus cuadernos de dibujo. Cuadernos abiertos. Cuadernos llenos de rostros, garabatos. Rostros encontrados en la calle, rostros de alumnos. Retratos. Algunos autorretratos. La mirada de Emiliano se detiene en esos papeles que, distraído, remueve con el pie. Vuelve al mural. En el centro lo espera el rostro vacío del Prócer.
Hoy –no siempre fue el caso- el Prócer le parece tranquilo. Tiene en sus manos el sable envainado. Su uniforme luce impecable, salvo en las partes por donde pasaron las balas asesinas, que Sanjuan resaltó con ambiguas manchas de pintura roja. Su caballo avanza apacible, bebe agua de un arroyo. El Prócer espera su destino.
Emiliano se incorpora. Arrastra se acerca al mural, arrastrando la silla. Observa en silencio. Se sube a la silla y recorre con los dedos las crines del caballo. Sus manos tiemblan mientras rozan la pared. Acarician el sable del héroe, los pliegues de su uniforme. Llegan a los hombros. Emiliano estudia el lugar donde debería estar la nariz y la frente del jinete. Palpa sus propias facciones resecas. Cara a cara, los ojos cansados de Sanjuan y el rostro vacío del Prócer.
Emiliano se decide. Mientras la Sirena observa, Emiliano dibuja.
De los cuatro Notables de la Comisión, sólo dos volvieron. Uno prefirió París y una bataclana al abrazo de su esposa. Otro desapareció en alta mar. El tercero se suicidó el día de la inauguración del monumento y fue enterrado en Santa Rosa de Arupa. Don Luis Graciano, Presidente y único sobreviviente de la Comisión, se aseguró que los manuales escolares tengan los retratos del General que él mismo había realizado. “Don Luis Graciano, fundador de la Academia de Bellas Artes” murmura Emiliano, mientras sigue dibujando. Don Luis Graciano, como el General José María Estorna, entró en la Capital por la avenida que lleva su nombre, con la falsa estatua del Prócer. El Presidente la Comisión se trajo de París pinceles, telas, paletas y libros, para vivir de los encargos artísticos del Gobierno. Desde entonces, no hay edificio público en el país que no tenga alguna de sus telas. En sus cuadros, los conquistadores españoles sucumben a manos del Indio con aires de mártires cristianos, los caudillos triunfan como héroes griegos y ninfas republicanas semidesnudas arengan a los soldados de todas las batallas sufridas en estas tierras.
Don Luis Graciano fue el primer referente artístico de Emiliano, aunque no le perdona no haber pintado a la sirena de su barrio. Él mismo subsanó ese olvido en una de sus obras juveniles. Su Sirena Magna –cabellera rojiza, piel de porcelana y formas sensuales- emergía de un río tormentoso y oscuro, para arremeter contra un soldado desfigurado por el miedo. Años más tarde –y bajo otros gobiernos- Emiliano hizo otro cuadro: una “Sirena Indiana” de tez trigueña, inexpresivo rostro de cacique y cuerpo de atleta, en actitud de degollar a un soldado de llamativas facciones anglosajonas. Esa obra le valió el mote de comunista, con el que justificó un oportuno exilio en México y afianzó su renombre y su clientela.
“Tan comunista como arupeño” suspira Sanjuan. Y deja de dibujar. Se vuelve a poner los lentes. Esta cansado del prócer. Esta cansado de sí mismo.
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Todos conocen el secreto del prócer y su estatua. A nadie –ni siquiera a él- nunca le preocupó el asunto, hasta que, hace dos años, la sede del Banco del Atlántico y del Pacifico se incendió y tuvo que cerrar por tiempo indefinido. Cuando se preparaban los trabajos de reconstrucción, la Comisión Directiva del Banco decidió encargar al artista Sanjuan un mural para el gran salón del edificio. El mural debía ser grandioso, una obra maestra, y debía ilustrar las horas más gloriosas de la Capital, desde su fundación hasta nuestros días. En el centro del mural debía triunfar, claro está, el máximo héroe de la Patria, el General José María Estorna.
Emiliano deja la Plaza de la República y vuelve a la barranca del río Cholta, sobre la Avenida Don Luis Graciano. Pobre río Cholta. Su lecho apenas y cubre una fracción del que solía ocupar en otros tiempos. Desde la Avenida, el lecho parece una especie de camino de tierra húmedo, por donde corren algunas líneas de agua aceitosa. Flotan basuras, cajones vacíos. Algunos niños se refrescan y ríen. Una vaca bebe agua de un charco. Emiliano se sienta en un banco desvencijado y observa ese río ralo, su barranca y las cúpulas de las iglesias que sobresalen trabajosamente sobre los techos. También hay edificios modernos; algunos terminados, otros en obra y no pocos abandonados. En el medio del lecho del Cholta solía haber una casa de madera traída, años atrás, por una crecida. Era una cabaña sencilla y de colores alegres, que fue adoptada por el bajo mundo de la ciudad para librarse a contrabandos oscuros. De ella sólo queda hoy un esqueleto de andamios, donde cuelgan bolsas de plástico que flamean como banderas. Los españoles eligieron este valle por su río fecundo, accesible y a medio camino entre el océano y los montes. Se dice que fundaron la ciudad en el mismísimo lugar donde se encuentra la estatua del General José María de Estorna. “Todo siempre vuelve al Prócer” murmura Emiliano, mientras se rasca las manos adoloridas y observa el único cartel que recuerda el nombre de la Avenida Don Luis Graciano. “Todo vuelve al Prócer… y a su rostro” piensa, y se pone las manos en los bolsillos.
Emiliano observa los tres montes que dominan a la ciudad. Hubo una época, en tiempos remotos y turbulentos, en que cada monte tenía una fortaleza armada con cañones, para proteger –o someter- a la Capital. De los tres fuertes, hoy solo queda uno, que sirve de manicomio municipal. En otro de los montes se encuentra la embajada de los Estados Unidos. En el tercero, se puede ver una coqueta residencia italiana de paredes celestes, donde hoy funciona el Museo de la Libertad. Hace pocas semanas fue a revisar el archivo del museo, donde supuestamente estaban los únicos retratos realizados en vida del Prócer, que Don Luis Graciano había llevado a París, con la Comisión Gubernamental de Notables. No los encontró. El inventario hacía referencia a ellos, pero no estaban.
Emiliano consulta su reloj. Sabe que es hora de ir al Banco. Debe terminar la obra
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Hubo un tiempo en que Emiliano cuidaba las formas al llegar al Banco. La primera vez que entró a la sala principal –hace un año y medio- todavía olía a quemado. Aquella vez había venido invitado por los miembros de la Comisión Directiva de la institución, vestido con un traje de lino, sin corbata, camisa roja y anteojos oscuros. Emiliano hablaba sin mirarlos, algunos pasos delante de ellos, observando la pared chamuscada que le estaba asignada. “El lugar me inspira” anunció, mientras escrutaba el cielo a través del techo derrumbado. “Mañana les daré mi presupuesto”. Cuando inició su trabajo, empezó a venir al Banco con ropas toscas, aunque siempre con lentes oscuros y algún libro de arte bajo el brazo, para diferenciarse de los obreros, los capataces y los arquitectos. Desde que Sanjuan mandó casi toda su ropa, sus libros y sus espejos a Santa Rosa de Arupa, ya no cuida su aspecto. Se afeita con torpeza, se rapa el cabello y los anteojos de sol esconden mal su actitud abatida. Todos creen que su decadencia se debe al luto por la madre muerta. Hoy el portero lo nota algo mejor. Más decidido.
-Se lo ve bien, Sanjuan –saluda el portero- dejar el aire de la Capital le hará bien... ¿cuándo era que se iba para Arupa?
-En diez días –contesta, escueto- hoy termino de pintar. Pasado mañana reviso la pintura y me llevo mis cosas. Me verán dentro de dos meses, para la inauguración y para cobrar.
Emiliano penetra en el gran salón del Banco. La refacción esta en su fase final. Los carpinteros instalan mostradores de líneas modernas, mientras los electricistas trabajan en la iluminación. Dirige a esa gente afanosa un saludo discreto y algo altivo, mientras se acerca al mural. La obra ocupa la pared frente a los mostradores. De izquierda a derecha, sobre treinta metros de largo y dos de alto, se extiende la historia de la Capital, con alusiones a las leyendas indígenas que cuentan el nacimiento del universo; los españoles fundando y celebrando misa; la vida colonial; la independencia; las guerras civiles... Sanjuan no tuvo miramentos con el siglo que le tocó vivir a él y a sus padres. Se esforzó en exaltar la importancia del Banco centenario en la construcción de puertos y vías férreas, para la exportar las bananas y el café. Al final del mural, agregó unos niños con uniforme escolar, junto con intelectuales, campesinos y mujeres maternales. También hay humo de fábricas y un avión moderno que vuela hacia un sol naciente. “De algo hay que vivir” se justifica, y vuelve su mirada hacia la izquierda. Allí están los primeros tiempos de la Patria: los indios, los soldados españoles y la tropa de los caudillos. A todos ellos les puso los rostros de los trabajadores que reconstruyeron el Banco. Un detalle para granjearse simpatías y algún halago en el discurso inaugural. Más adelante, su madre llega a bordo de una nave llena de café. Un marino la espera en el puerto, bajo una recova.
Sanjuan recorre su obra, lápiz en mano, dejando algunas marcas sobre los puntos que deberá corregir o reforzar. Llega al centro del mural. Encuentra la mesa de trabajo, donde deja el bolso y los anteojos. Ahí está su material: pinceles, algunos químicos, pinturas. Una precaria silla de madera. Acaricia el respaldo del mueble y, mientras observa la pared, trata de quitarle con las uñas algunas manchas de pintura seca. Emiliano se sienta. No deja de mirar el centro del mural. Estira las piernas, se pone las manos en los bolsillos y suspira. En el piso, alrededor de la silla, quedaron algunos de sus libros, pocos, y sus cuadernos de dibujo. Cuadernos abiertos. Cuadernos llenos de rostros, garabatos. Rostros encontrados en la calle, rostros de alumnos. Retratos. Algunos autorretratos. La mirada de Emiliano se detiene en esos papeles que, distraído, remueve con el pie. Vuelve al mural. En el centro lo espera el rostro vacío del Prócer.
Hoy –no siempre fue el caso- el Prócer le parece tranquilo. Tiene en sus manos el sable envainado. Su uniforme luce impecable, salvo en las partes por donde pasaron las balas asesinas, que Sanjuan resaltó con ambiguas manchas de pintura roja. Su caballo avanza apacible, bebe agua de un arroyo. El Prócer espera su destino.
Emiliano se incorpora. Arrastra se acerca al mural, arrastrando la silla. Observa en silencio. Se sube a la silla y recorre con los dedos las crines del caballo. Sus manos tiemblan mientras rozan la pared. Acarician el sable del héroe, los pliegues de su uniforme. Llegan a los hombros. Emiliano estudia el lugar donde debería estar la nariz y la frente del jinete. Palpa sus propias facciones resecas. Cara a cara, los ojos cansados de Sanjuan y el rostro vacío del Prócer.
Emiliano se decide. Mientras la Sirena observa, Emiliano dibuja.
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