estoy leyendo tu antología por primera vez
otra vez
vadeo el valle de la mañana
cuelgo la ropa húmeda
y mientras realizo la ceremonia del mate
mastico tus poemas cocidos con leche.
recuerdo esa noche, que lo llamamos a Parra,
cuando encontré su carta en tu biblioteca
y nos recibió con vino y castañas,
y brindó
sin tomar un trago
porque era alcohólico,
como Alcalde, como Neruda,
como Teillier que me trae recuerdos
de otros poetas, otros hombres
leidos muchas veces antes, con las manos juntas entre pecho y pecho
apretando una piedra en la boca del estómago
y con los dientes llenos de arena
en la penumbra del bosque
en la risa vieja, yo me iba
chocando de camilla en camilla / de árbol en árbol
cada escalofrío sonaba como si abriera el cajón de los cubiertos
y tenía los ojos prístinos
de animalito conmovido
y sentía sus ojos en la nuca, olía sus ganas y dejaba que juegue
mientras mi pelvis golpeaba hacia abajo
con la regularidad de las olas grandes entre las pequeñas
¨ quiebra pequeña quiebra ¨ susurraba
tenía un libro en el bolsillo y me pedía que se lo lea
aunque mi voz era una tela gastada, al desgarrarla yo podía
ver campiñas a trasluz
(tal era mi optimismo)
cada verso en la garganta era humo negro de leña de chimenea
opacaba la luz, como atardeciendo el consultorio
y la noche negra se vio más negra
pero me quería bien.
Gianuzzi murió este verano
un día antes de que te visite,
con el primer beso me preguntaste por el difunto, aún caliente
gozaste mi llegada tarde a la contemporaneidad,
me invitaste a la taxidermia
y cada poema fue un pétalo
-perdón por lo fácil, pero así lo sentí hoy-
El agua hierve y en la taza
el saquito de te tiene su primer orgasmo
mientras escribo
hago el intento de ser lo que leo
descubro tus plagios
publicados
nadie lee amor, nadie lee...
vos y yo somos los únicos
todas las noches, para poder dormir
con el mismo gusto infantil y demoníaco
que dan las contradicciones, las películas porno y los helicópteros,
los destellos altruistas en que te encuentro infraganti y
el cariño malévolo que me tenés, la evasión al deseo
del montañés que ahorra para la tormenta sus provisiones
de chocolate, poesía, sexo, marihuana,
me reservas para tiempos peores, mi buen samaritano…
son muchas las montañas que no subimos juntos
porque me das vértigo,
excusa infalible de mis pies vagos, de mi mente vaga
aunque
tengo cierto instinto de alpinista, la duda ante el risco
cómo sonara mi cuerpo contra el suelo final
lo que nos preguntamos todos,
yo no me animo, me arriesgo
conservo algunos cabos sueltos, la habilidad entrenada.
Quedó tu antología abierta sobre la mesa toda la tarde
junto a la ropa seca para guardar, la lucidez
que me vuelve cada vez, más oscura
(cuando estaba en el secundario mis compañeros
creían que escondía algo)
siempre elijo esconder algo, alguien como vos
una antología de poemas, una selección de canciones
arrastro piedras con entusiasmo
cierro/ junto rodilla con rodilla
acurrucada en un rincón del cuarto
alejada del temblor químico del cuerpo, está mi ropa
él toma las medias y hace pasar un pie por cada una
me mira con miedo/ los ojos enjaulados/ pregunta si duele
claro que duele, nada es blando
por más que excave estará en la superficie/ siempre
podrá abrir la carne, cobijarse
pero no ocupará otro lugar que no sea el suyo
continúa avanzando por mis piernas, aferrado a las medias que estira torpemente,
me lleva a pensar que la vida será cada vez más fácil/ más simple
mis músculos hechos una trenza persisten en la quietud /estremecida
atrapo cada cosa que este al alcance de mi lengua/ la hora, el clima, los fármacos
las oraciones, vuelan en torno a mí como moscas: me producen un asco
de uñas largas que rascan el cuero cabelludo/ ruido de insectos calcáreos
contra la lámpara, olvidada en la noche: parezco poseída
él no ríe / en realidad yo tampoco: estoy en el exterior de mi cuerpo y no hay,
no hay ranura/ estoy afuera, sin llave, necesito romperme… entonces
él sella mi boca con un beso duro, de piedra, de lápida/ un movimiento seco
y termina de vestirme: el algodón, la leve presión de los elásticos
en la ingle, marcan un anhelado punto al final
de la infancia/ le hablo de las enfermedades alegres de la infancia
busco distraerlo mientras espero que mi cuerpo escupa lo que tiene que escupir
y podamos irnos.
Ver textos de Guadalupe Muro en el motivo es el poema número dos
domingo, diciembre 18, 2005
Guadalupe Muro: Arrastro piedras con entusiasmo
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2 comentarios:
lo mejor es la transición.
es veneno, edulcorado, sí, pero veneno al fin
vos lo sabés
por lo demás, retrata bien la experiencia a la que te referís
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