martes, enero 02, 2007

Germán Rosati: Las chicas de mi barrio

La fija


En San Martín se baila así, me dijo.

Entre melodías densas

que se derriten a punto caramelo.

Y algún beso recóndito me prometió

a cambio de un trago

de cerveza negra.

Los vapores, las paredes

un frasco de mermelada

almizcle con sopor a vino picado.

Y Andrea, inundada, bailando en el medio.

Cuando se mueve

uno se olvida de uno mismo

en el pasaje donde su remera stone

se transforma en pollera ajustada

y se hace cintura, ombligo

y aparece a cada paso y se esfuma al siguiente y al otro vuelve.

Bailá conmigo, Andrea; movete

al lado mío.

Vos y yo tibios

en un horno de barro

como galletitas de canela.

Pero vas al baño

te perdés en un jarabe de luces verdes

y en el negro que te encara

con paso distendido

camino a la barra.

Con el sí bailás, y no me queda

más remedio que volver a Capital

a buscar la cumbia que me dijiste, esa

que se baila en San Marín.

Pero las que encuentro acá no me gustan.

Son amargas como azúcar quemada.


Las chicas de mi barrio

son apetitosas

como una cazuela de jaiba

y leche de coco.

Tienen piernas largas

de circunvalar ochavas esquinosas

untadas en luces

que se van quebrando a cada paso.

Embutido el cuerpo en vestidos de cuero

se pringan las mejillas con cremas alcalinas

y aromatizan sus matices

con desodorantes de guayaba.

Las chicas de mi barrio son

actrices grandes

y no presentan objeción alguna

al desparramo de sus trópicos

en la vereda de turmalina color topacio.

Anoche, a la rivera del Sarmiento

miraba a una de ellas actuarle a su patrón

de manera lastimera y con ojeras lacrimosas

para regatear un porcentaje

del arriendo de la acera.


No apagues la luz, mamá

porque la oscuridad se mueve demasiado y yo

me pongo inquieto.

Las paredes maúllan, ladran y aúllan (a veces, gruñen)

se vuelven gelatinosas.

El parkinson de las persianas

y una manifestación de sonidos húmedos

que no puedo mantener a raya.

Estoy mucho más cómodo cuando puedo

untar la luz húmeda sobre mi almohada

pero una vez que se apaga

el velador se aleja de mi mano

y termino prefiriendo la duda.

No apagues la luz

porque mis sábanas son montañas

que explotan en la sombra

y solo me queda flotar en ellas

para no hundirme.


Lola, no es mi culpa que no sepas maquillarte

que el rouge sea una tormenta tropical

desbordando lagunas en tu cara.

Lamento que no puedas morderte la lengua

a riesgo de envenenarte con esa rabia láctea

y estés obligada

a lamer tus propias palabras

a saborearlas como un chicle sin sabor.

A veces, la sombra de tus párpados envuelve

en una niebla o tela o nube o polvareda negra

a quien intenta mirarte a los ojos.

Ese lunar ubicado justo

en el camino de tus lágrimas

impide que llores, a menos que sea

absolutamente necesario.

No es mi culpa que no domines el maquillaje

y no seas capaz

de cubrirte el rostro con otro rostro.

1 comentarios:

Santiago dijo...

4 piezas impecables de la mano de este autor que cada día se torna mas fino en su poesía. Un lujo para leer y degustar.
Mas allá de la afinidad que nos une apuesto fuertemente a la carrera de este escritor.

Salud y que el arte siempre encuentre la forma...