La fija
En San Martín se baila así, me dijo.
Entre melodías densas
que se derriten a punto caramelo.
Y algún beso recóndito me prometió
a cambio de un trago
de cerveza negra.
Los vapores, las paredes
un frasco de mermelada
almizcle con sopor a vino picado.
Y Andrea, inundada, bailando en el medio.
Cuando se mueve
uno se olvida de uno mismo
en el pasaje donde su remera stone
se transforma en pollera ajustada
y se hace cintura, ombligo
y aparece a cada paso y se esfuma al siguiente y al otro vuelve.
Bailá conmigo, Andrea; movete
al lado mío.
Vos y yo tibios
en un horno de barro
como galletitas de canela.
Pero vas al baño
te perdés en un jarabe de luces verdes
y en el negro que te encara
con paso distendido
camino a la barra.
Con el sí bailás, y no me queda
más remedio que volver a Capital
a buscar la cumbia que me dijiste, esa
que se baila en San Marín.
Pero las que encuentro acá no me gustan.
Son amargas como azúcar quemada.
Las chicas de mi barrio
son apetitosas
como una cazuela de jaiba
y leche de coco.
Tienen piernas largas
de circunvalar ochavas esquinosas
untadas en luces
que se van quebrando a cada paso.
Embutido el cuerpo en vestidos de cuero
se pringan las mejillas con cremas alcalinas
y aromatizan sus matices
con desodorantes de guayaba.
Las chicas de mi barrio son
actrices grandes
y no presentan objeción alguna
al desparramo de sus trópicos
en la vereda de turmalina color topacio.
Anoche, a la rivera del Sarmiento
miraba a una de ellas actuarle a su patrón
de manera lastimera y con ojeras lacrimosas
para regatear un porcentaje
del arriendo de la acera.
No apagues la luz, mamá
porque la oscuridad se mueve demasiado y yo
me pongo inquieto.
Las paredes maúllan, ladran y aúllan (a veces, gruñen)
se vuelven gelatinosas.
El parkinson de las persianas
y una manifestación de sonidos húmedos
que no puedo mantener a raya.
Estoy mucho más cómodo cuando puedo
untar la luz húmeda sobre mi almohada
pero una vez que se apaga
el velador se aleja de mi mano
y termino prefiriendo la duda.
No apagues la luz
porque mis sábanas son montañas
que explotan en la sombra
y solo me queda flotar en ellas
para no hundirme.
Lola, no es mi culpa que no sepas maquillarte
que el rouge sea una tormenta tropical
desbordando lagunas en tu cara.
Lamento que no puedas morderte la lengua
a riesgo de envenenarte con esa rabia láctea
y estés obligada
a lamer tus propias palabras
a saborearlas como un chicle sin sabor.
A veces, la sombra de tus párpados envuelve
en una niebla o tela o nube o polvareda negra
a quien intenta mirarte a los ojos.
Ese lunar ubicado justo
en el camino de tus lágrimas
impide que llores, a menos que sea
absolutamente necesario.
No es mi culpa que no domines el maquillaje
y no seas capaz
de cubrirte el rostro con otro rostro.
1 comentarios:
4 piezas impecables de la mano de este autor que cada día se torna mas fino en su poesía. Un lujo para leer y degustar.
Mas allá de la afinidad que nos une apuesto fuertemente a la carrera de este escritor.
Salud y que el arte siempre encuentre la forma...
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